Preámbulo


Primero fue el Mare Nostrum, el Mediterráneo, mar interior que unía a los países ribereños de su entorno acercando los conocimientos y la sabiduría desde el oriente al occidente y del norte al sur; y viceversa. Luego, una vez superadas las Columnas de Hércules, se amplió el horizonte y se pudo llegar “más allá” con la ayuda de la Rosa de los Vientos. Surgió un nuevo mundo. Desde entonces, el océano Atlántico es el lugar de tránsito para el acercamiento e intercambio entre dos lejanas riberas. “Cruzar el charco” para el mundo de la educación, la ciencia y la cultura se ha convertido en una querencia intercontinental euro-iberoamericana, porque la “sabiduría es lo que más se mueve entre todas la cosas que se mueven”; y, al igual que la Rosa de los Vientos, llega a todas las latitudes.
Así se proclama en el escudo de la Uned.
En este escenario, los que venimos dedicando la vida a remar por la educación, no podemos olvidar las palabras del poeta español Gabriel Celaya (1911-1991), cuando nos dijo:


Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
[…]
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.

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